Clases en línea a niños varados; migrantes esperan asilo en EU

En su cocina, Alma Beatriz Serrano Ramírez agita su pizarra frente a la cámara de su teléfono móvil, esperando que Adalid, Kimberly, Osval y sus otros estudiantes se mantengan concentrados en la lección de matemáticas que está dando.

Por: Redacción
2021-06-13

 

 

Momentos después, no la conmueve la llegada a la habitación de su hija y su hijo de 2 y 10 años, respectivamente, mientras enseña el sonido de las letras.

“En Honduras di lecciones a niños. Nada que ver con esto. En realidad, nunca imaginé vivir una experiencia así (...). Es realmente difícil, pero a medida que pasa el tiempo, te acostumbras”, declaró una vez terminado su trabajo.

Esta migrante de 38 años soñaba con establecerse en Estados Unidos pero, como muchos otros, tuvo que dejar su exiguo equipaje en Matamoros, Tamaulipas.

Algunos de sus alumnos viven a 90 kilómetros de ahí, en un campamento de 700 personas erigido en pocas semanas en Reynosa, otra ciudad a las puertas de Estados Unidos.

Desarrolladas por teleconferencia, las clases de escritura, matemáticas o yoga que ofrece la asociación estadunidense Sidewalk School son un raro consuelo para los cientos de niños que viven a lo largo de la frontera.

Los estudiantes y sus padres, que provienen de Honduras, Guatemala y Haití, se encuentran entre los innumerables refugiados que aún acuden en masa a la frontera estadunidense, convencidos de que el presidente Joe Biden dejará entrar a quien lo solicite, a diferencia de la represión de su predecesor, el republicano Donald Trump.

Mientras sus casos son revisados por la administración estadunidense, la espera en las ciudades, a menudo a manos de los narcotraficantes, puede durar meses.

Es en esta última ciudad donde todo empezó en 2018 para la asociación Sidewalk School. Su fundadora Felicia Rangel se sintió devastada allí por la miseria de unos 20 migrantes que encontró debajo de un puente después de haber cruzado el río que separa Matamoros de su ciudad del estado de Texas, Brownsville.

Aunque no habla español (de padre mexicano y madre mestiza, pero ella se considera afroestadunidense), Rangel decidió ayudar a quienes considera víctimas de la injusta política antiinmigración de Trump.

Nada fue igual para esta maestra de 42 años, ama de casa desde 2010, después de dejar Houston para seguir a su esposo a Brownsville.

Al principio, “era sólo cuestión de entretener a los niños y enseñarles algunas cosas (...), pero a medida que iban llegando más niños, se hizo evidente que era necesario darles clases porque no estaban estudiando”, explica Ana Gabriela Martínez Fajardo, de 26 años, solicitante de asilo y profesora para la asociación en Matamoros.

Sidewalk School crece a medida que los migrantes acuden en masa a Matamoros.

Con el impacto de la pandemia de covid-19 en la región, Felicia Rangel y su socio Víctor Cavazos han comprado 300 tablets digitales para no abandonar a los 700 jóvenes de 4 a 18 que están bajo su resguardo. Incluso, voluntarios en los albergues prestan su celular para que los niños puedan unirse a su clase virtual.

Muy rápidamente, gracias a los socios, las lecciones de los maestros, todos solicitantes de asilo y profesores o asistentes de educadores, comenzaron a llevar su actividad docente a nueve ciudades fronterizas.

La educación virtual es buena, porque permite que los estudiantes con menos preparación se pongan al día. “Una de sus clases favoritas de los menores es yoga, pues se relajan y olvidan los meses de encierro”, afirman voluntarios.

“Es una situación muy complicada, llena de tristeza y vergüenza. (...) Un niño de 8 o 9 años debe saber prácticamente multiplicar y dividir (...). Y la mayoría de estos niños no lo consiguen”, lamenta la maestra Ana Gabriela Martínez Fajardo.

En los últimos meses, 17 de los 19 maestros también se han mudado a Estados Unidos y ahora enseñan desde estados como Kentucky, Michigan o Virginia.

Este verano se cumplirán dos años desde que los dos últimos maestros del lado mexicano han estado esperando en Matamoros con la esperanza de cruzar la frontera junto a sus hijos.



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